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En momentos grises como los que vivimos, siempre resulta edificante volver a los grandes relatos, los mitos y leyendas que han forjado el imaginario colectivo de las sociedades. Aunque todos ellos comparten rasgos comunes, hay algunos con características más universales que otros y, unidos a una estructura narrativa simple y capaz de llegar a todo el mundo, se convierten en la historia perfecta. El ejemplo más claro es, seguramente, el del Lejano Oeste.
Ampliamente fomentado por el cine, el Oeste se ha convertido, en nuestra imaginación, en ese terreno atemporal en el que suceden las grandes historias de la vida. El deseo, la ambición, la venganza, el amor, la soledad... el lejano Oeste nos presenta historias elementales y eternas, protagonizadas a menudo por héroes que no lo son tanto, y ambientadas en hermosos parajes, pero también en poblados desérticos, burdeles o saloons y casinos llenos de humo y mesas de
black jack. Y es en estos mundos de roles tan definidos llama la atención un elemento secundario: el caballo. Como sucede en los mitos de otras civilizaciones (El Cid, Gengis Khan), el caballo es a menudo el acompañante inseparable de su amo, quien hace extensible su aura de leyenda al propio animal; pero también objeto de preciada posesión, desencadenante de algunos episodios del Oeste en toda su crudeza.
En términos rigurosamente históricos, la importancia del caballo en la expansión de los primigenios Estados Unidos, hacia el Pacífico, es incalculable. Si tenemos en cuenta que el
vaquero fue la figura colonizadora
principal, instalando sus ranchos en territorios casi vírgenes, podemos comenzar a hacernos una idea del valor del caballo como medio de transporte, o como elemento de riqueza.
Existen algunos caballos míticos en los relatos del Lejano Oeste. Charlie fue el equino que acompañó a Buffalo Bill. Éste se enamoró de Charlie cuando, debido a una apuesta, tuvo que recorrer montado en él 100 millas en un tiempo record. Ganó el reto, y Charlie se convirtió en un caballo cuya fama picó incluso la curiosidad de la nobleza europea.
Otros personajes legendarios mantuvieron una estrecha relación con los caballos, aunque no siempre para bien. Así, muchos de los golpes que llevó a cabo Billy el Niño fueron grandes robos de caballos, igual que los primeros atracos de Wyatt Earp. En realidad, casi todos los nombres legendarios del Viejo Oeste tuvieron asaltos relacionados con este animal: Bat Masterson, Sundance Kid, Butch Cassidy...
Como hemos apuntado, todas las imágenes que nos vienen a la mente cuando pensamos en bravos caballos y en aguerridos cowboys se las debemos al cine americano, experto como ninguno en difundir y perpetuar su propia imaginería. Seguramente no exista ningún western en el que no aparezca un caballo acompañando al protagonista, y muchas son las películas en las que los robos de ellos, o las grandes travesías nómadas de recuas enteras, son la trama principal. Recordemos, por ejemplo, en una obra maestra como “Río Rojo”. Sin embargo, una de las herencias más curiosas que nos ha dejado la relación de Hollywood con los caballos se encuentra detrás de la cámara, y es que algunos de los caballos que participaron en los rodajes de los westerns se convirtieron en leyenda en sí mismos, en una especie de meta-ficción enternecedora. En
esta página se empareja a los principales actores de westerns con los caballos con los que se encariñaron y montaron en cada uno de sus filmes, empezando por John Wayne y el caballo Duke.
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