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Capítulo
I.-El Flechazo
Aquella
mañana primaveral había comenzado para mi con un
desagradable madrugón. Era mi primer día de
vacaciones y mi padre había escogido esa fecha
para realizar
la mudanza a la casa que había mandado construir
para nosotros, en una bonita finca en medio de un
arbolado.
Durante
catorce años,
mi corta vida
había transcurrido en medio del asfalto en
una de las calles mas céntricas y concurridas de
la ciudad hasta que un golpe de suerte en los
negocios de mi padre,
le habían hecho conseguir una cantidad
suficiente de dinero como para mejorar nuestro
nivel económico y social,
por lo que había decidido sin encomendarse
a Dios ni al diablo,
que lo
mejor para nosotros era proseguir nuestro
crecimiento cerca de la naturaleza.
Yo
odiaba el campo con su multitud infinita de
insectos, la cara curtida por el sol y en medio
de sus proyectos de mejora,
yo me veía entrando en la juventud
convertida en la hermana gemela de Heidi con las mejillas como dos tomates y a mi
hermano Curro que hoy solo tenía 8 años
pastoreando ganado mientras silbaba a las cabras.
El
camino hasta la finca se me hizo insoportable
mientras avanzábamos por las carreteras
secundarias con lentitud,
en pos del camión que portaba nuestros
enseres y mientras me hacia la dormida para no
mostrar mi desagrado,
escuchaba las risas de mis padres que
bromeaban y planificaban con ilusión el comienzo
de esta nueva etapa de nuestras vidas, mientras mi
hermano atendía entusiasmado formulando infinidad
de preguntas absurdas,
que ellos contestaban con paciencia.
De
repente un brusco frenazo me hizo abrir los ojos,
ambos vehículos quedaron inmóviles mientras el
conductor de las mudanzas sacaba medio cuerpo por
la ventanilla voceando a mi padre el motivo del
parón.
-¡Era
un caballo!, que susto me ha dado, se me ha
atravesado de repente.
Mi
padre contestó con improvisadas formas de
campesino, devolviendo los gritos.
-¿De
donde ha salido un caballo por aquí?
-Hay
muchos -contestó
el camionero- son manadas de caballos
asilvestrados, suelen estar arriba del monte, pero
este se ha debido despistar.
Giré
la cabeza a mi izquierda y un poco más allá de
la cuneta, metido entre unas zarzas pero con la
mirada fija en nosotros permanecía inmóvil. Sus
ojos brillaban como el azabache
con una estrella blanca entre ellos,
la capa era
de color alazán
y con un gracioso tupé que movía el viento
hacia un lado, permaneció
unos minutos entre desafiante, curioso y asustado.
No
pude articular palabra, no quise trasmitir lo que
sentía, pero
cuando aquel animal emprendió una larga
galopada y se perdió entre la maleza,
tuve la rara sensación de que nos volveríamos
a ver y aquellas mirada viva y penetrante me
acompañó durante varios días como una obsesión,
aunque no quise reconocer ante nadie que aquel
animal, era lo más bonito que había visto en mi
vida.
María
Vicéns
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