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Capítulo II.-La casa nueva

 

Mi primera toma de contacto con lo que sería nuestra morada en los años venideros, no fue demasiado buena.

 

Tras dejar la tortuosa carretera por la que recorrimos cerca de 3 kms. con montones de curvas, nos desviamos hacia un lado tomando un camino cuajado de baches que terminaba en una gran verja oxidada.

 

Allí detuvimos ambos automóviles y mi padre descendió con una enorme llave en la mano, igual a las que llevan las amas de los cuentos y después de varios intentos consiguió abrir. En una leve carrerita volvió a introducirse en el coche y con voz de júbilo nos dijo:

 

¡Vamos chicos, ya estamos en casa!

 

Cien metros mas adelante se erigía un enorme caserón rodeado con un montón de zarzas, que sin duda en su día fue un bonito jardín que adornaba los alrededores, pero hoy el panorama era patético y lo más parecido a una casa habitada por fantasmas.

 

No puedo entender como mi hermano Curro, que se entusiasma con todo exclamo inmediatamente al verla:

 

-¡Papá, es preciosa y muy grande!, tendré muchísimo sitio para jugar, será muy divertido vivir aquí.

 

Mi padre le contemplaba con actitud complaciente al tiempo que admiraba la gran adquisición que había hecho con la compra de aquella finca, valorando al propio tiempo los arreglos que necesitaría, impaciente por ponerse manos a la obra.

 

Me hubiera gustado decir algo agradable, imitar un poco a mi hermano para que papá se sintiera confortado con mi beneplácito, pero por más que lo intenté no me salió nada, aunque con gran esfuerzo al menos pude disimular el gran dolor de estómago que se me estaba poniendo al mirarla.

 

Aunque el exterior fuese desastroso, la casa por dentro era muy bonita y en los días anteriores habían venido a limpiarla y acondicionarla para nuestra llegada. El mobiliario era de “estilo”, según decía mamá aunque a mi me parecía que sencillamente era todo muy antiguo.

 

Frente a la puerta de entrada, una amplia escalera central subía a los dormitorios y mis padres nos indicaron a cada uno de nosotros cual era el nuestro.

 

No podía poner pegas a la estancia que me había sido designada: grande, luminosa y dentro de lo que cabe con un aire un poco más juvenil, bueno casi infantil pero lo que más llamó mi atención, era un enorme cuadro que colgaba de una de las paredes en la que aparecía una jovencita de más o menos mi edad, montando a caballo. Por su indumentaria ese cuadro no debía ser muy moderno y acercándome comprobé la firma del autor de la obra y la fecha : 2-julio-1970.

 

Luego me detuve a observar el caballo, a mi nunca me habían llamado la atención esos bichos tan grandes, pero éste me sorprendió por su serena belleza, por tu tono alazán casi rojizo y sobre todo por el brillo de sus ojos que se clavaban de forma penetrante en mi. Inmediatamente recordé esa misma mirada hacía pocas horas en la carretera y deduje que sería el mismo animal, aunque aplicando la lógica era imposible porque este lienzo tenía casi treinta y cinco años.

 

Cansados por el largo viaje y provisionalmente acomodados nos fuimos todos a dormir, para retomar mañana la jornada con fuerzas y comenzar en familia la puesta a punto de la casa.

 

Con un leve rayo de luz que desprendía la luna y atravesaba mi ventana hasta iluminar el cuadro, me fue venciendo el sueño mientras sentí una agradable sensación de que aquello no iba a ser tan aburrido.

 

 

María Vicéns

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