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Capítulo III.-El Encuentro

 

El cansancio producido por el viaje me hizo conciliar el sueño rápidamente. La noche se pasó volando hasta que los primeros rayos de sol de la mañana, entraron a través del gran ventanal de la habitación.

 

No se porque, pero mi actitud de inconformismo ante la nueva situación había desaparecido como por arte de magia y me invadía una extraña ilusión que me empujaba a zambullirme con avidez en esa nueva vida que hoy daba comienzo y sin duda estaría repleta de momentos excitantes.

 

Mientras desayunaba en el porche de la casa disfrutando de una magnífica mañana primaveral, observaba como unos empleados que mi padre había contratado limpiaban de matojos el jardín, para sustituirlo posteriormente por cientos de floridas plantas de colores que tanto le gustaban a mamá.

 

Tan pronto acabé de beber el vaso de leche y aún con la tostada de pan y mantequilla en la mano, cogí mi bicicleta para dar una vuelta de reconocimiento por los alrededores, pregunté a mi hermano Curro si quería acompañarme y antes de llegar a la verja de entrada oímos a nuestras espaldas la voz de mi madre, que nos recomendaba:

 

-!Tened cuidado, nos os alejéis demasiado!.

 

Partiendo de la carreterucha que servía de acceso a nuestra casa había multitud de caminos, que ofrecían grandes posibilidades para ser explorados y sencillos de recorrer en bici, por lo que elegimos uno al azar.

 

Después de casi una hora de excursión el calor comenzó a apretar, así que al llegar a una pequeña explanada cerca de un riachuelo paramos un rato a descansar y beber un poco de agua. Mientras yo permanecía tumbada sobre la húmeda hierba con los ojos cerrados y el pensamiento perdido disfrutando del sonido relajante del correr del agua, Curro se encaramaba a las rocas saltando como una cabra de una a otra:

 

-¿Puedes  parar un poco? -le dije-, tiene razón mamá no estás  quieto nunca.

 

Hizo caso a mis recomendaciones y por un rato dejé de escuchar sus alaridos mientras brincaba, aunque solo duró unos segundos la tranquilidad, cuando pretendía disfrutar de la paz de ese precioso paraje, noté unos breves golpecitos de aire en mi oreja, unos soplidos. Sin abrir los ojos, presa de la cólera que me producían las gamberradas sin gracia de mi hermano, le grité:

 

-!Piérdete un rato! ¿no ves que quiero descansa?

 

Según terminaba mi frase increpante, fui bajando la intensidad porqué me di cuenta irremediablemente de que no me estaban soplando, que era algo peor: !Me estaban oliendo! y seguro que Curro no tenía esa capacidad pulmonar. No quería ni abrir los ojos, el terror me tenía paralizada, así que inmóvil levanté levemente el párpado izquierdo y pude ver a escasos
milímetros de distancia, dos enormes ollares y el cabezón del caballo de mis sueños, que ahora era el de mis pesadillas.

 

Lancé un grito ensordecedor al tiempo que me incorporaba de un brinco.

 

Al parecer el animal se asustó más que yo y retrocediendo unos pasos,  emitió un atronador relincho al tiempo que elevaba su cuerpo sobre los pies y agitaba las manos en el aire. Tras ese alarde de superioridad volvió a su posición de cuadrúpedo y permaneció unos segundos inmóvil con los ojos clavados en mi y las orejillas levantadas de forma interrogante, como diciendo:

 

-¿Qué te ha parecido lo que se hacer?

 

Lo cierto es que era evidente que queríamos conectar, pero no sabíamos como hacerlo, así que tímidamente me intenté acercar a él, pero cuando quise extender mi mano para acariciarle, dio un brusco giro y volvió a desaparecer entre los arbustos mientras yo  le decía con suavidad:

 

-No temas, no quiero hacerte daño.

 

 

María Vicéns

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