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Cuento
Nº 2: CABALLO SALVAJE
Érase
una vez que se era, un lugar donde los caballos
galopaban en libertad y las ardillas recorrían
miles de kilómetros si tocar el suelo. Grandes
llanuras y espesos bosques protegían a los
animales y les hacían vivir en libertad. Sólo
unas cuantas tribus de indios convivían con
ellos. Dentro de uno de aquellos poblados de
tiendas construidas
con piles curtidas, vivía una familia con
dos hijos y una niña. La pequeña se había
convertido en mujer. Tenía los ojos negros y
profundos y la piel curtida por el sol. Una
trenza, que llegaba hasta su cintura, cubría toda
su espalda.
Cada
día se acercaba a su madre y le susurraba al oído
que quería ser un valeroso guerrero y la mujer
con mirada triste le respondía que aquello no era
posible. Alúa practicaba cada noche si ser vista
con el arco de su padre y durante el día se
adentraba en los bosques con el cuchillo de su
madre y cazaba algún animal pequeño. Alúa
siempre repetía que algún día sería un gran
guerrero.
Mientras
la niña seguía soñando un caballo negro apareció
en una de las llanuras y todos los habitantes del
poblado se sorprendieron. Aquellos animales bellos
no eran propios de la región, donde los caballos
salvajes eran tordos. El nuevo habitante galopaba
sin cesar y piafaba hasta quedarse exhausto. El
jefe de la tribu mandó a cuatro de sus mejores
hombres para trajeran el caballo hasta él. Cuando
aquellos valientes se aproximaban al animal, éste
les miró y escapó al trote hacia el bosque. Los
hombres le buscaron pero no pudieron volver a
verle. El jefe desolado en la reunión nocturna
dijo:
-
Aquel que consiga capturar al caballo será su dueño
y el jefe de la tribu. Por esta hazaña será
considerado por todos el hombre más valiente que
jamás haya visto el universo. Aquel que capture
al caballo será elegido por él y se respetarán
durante toda la inmortalidad.
Alúa
que estaba escuchando al otro lado de la tienda
miró hacia la llanura y vio al caballo negro en
el mismo lugar. Aquel era el momento. La única
posibilidad que tenía de demostrar que una mujer
puede ser un gran guerrero. No podía dejar
escapar aquel momento. Salió corriendo hacía la
noche. El caballo no dejaba de piafar. Alúa sentía
miedo. Su corazón se salía por la boca pero no
podía echarse atrás. Los hombres salieron de la
tienda del jefe y vieron como Alúa se acercaba al
caballo. Su padre la llamaba. Gritaba su nombre
hasta hacerlo retumbar en las montañas. Pero Alúa
no se detenía. Antes de estar a menos de un metro
del caballo se detuvo y miró hacia atrás. El
caballo estaba quieto. Tenía las orejas hacia atrás
y miraba a la chica. Alúa continuó avanzando. Al
llegar a la altura del animal agachó la cabeza
como señal de respeto y se quedó esperando. El
caballo también se inclinó y Alúa pudo
acariciarle la crin que era sedosa. Entonces se
montó a lomos del equino y agarrada a su cuello
galopó y desde aquel momento la llamaron
“Caballo Salvaje”.
Cuento
Nº 1: EL
CABALLO QUE GANÓ LA PAZ
Hace
mucho tiempo, cuando los hombres iban a las
cruzadas y todavía no existían los vehículos,
la gente viajaba por el mundo a caballo. En esa época
los países que conocemos hoy eran pequeños
reinos. En cada uno había un rey con su familia y
sus súbditos. En aquellos tiempos todos los
regentes quería tener más terreno para cazar y
eso provocaba continuas guerras. Cuando un rey
perdía se iba y dejaba su pequeño país en manos
del vencedor.
En
un país muy lejano el rey Abdul cada mañana se
asomaba a la ventana de su habitación y
contemplaba el campo arrasado en la batalla del día
anterior. Al otro lado el rey Mohab hacía lo
mismo. Los dos luchaban por conseguir que un río
pasara por sus campos y las caravanas de
comerciantes pasaran por sus pueblos. Cada mañana
al amanecer sacaban sus ejércitos y luchaban cada
uno en un lado hasta que ambos ejércitos quedaban
extenuados.
Hasta
aquel día, cada rey contaba los muertos cuando se
ponía el sol. Miles de caballos se esparcían por
el suelo y allí quedaban como abono para las
tierras quemadas. El rey Abdul ya no podía llorar
por sus hombres, ni ponía consolar a los niños
que se quedaban si padre. Así pues tomó una
decisión. Mandó llamar a Carim, un muchacho de
unos quince años que era conocido por su valor y
su maestría a lomos de su caballo. Cuando el
chico llegó ante el rey se arrodilló y le dijo:
-
Me habéis mandado llamar. Aquí
estoy majestad. ¿Qué queréis que haga por vos?
-
Carim os podéis negar a mi petición
pero antes escuchad a vuestro rey. Esta guerra con
el rey Mohab dura ya demasiado tiempo. Id a verle
y decirle que me reuniré con él al día
siguiente de que lleguéis. Nos veremos al
amanecer cada uno en un lado del río.
-
Majestad tengo mi caballo dispuesto
partiré ahora mismo y volveré lo antes posible.
Carim
galopó durante toda la noche y antes de que el
rey Mohab sacará a sus ejércitos aquella mañana,
llegó al castillo. Como todos los soldados
estaban dispuestos para la batalla, al ver a un
enemigo sacaron sus espadas e hicieron que Carim
parase. Su caballo estaba fatigado pero si su dueño
le hubiese ordenado seguir así lo habría hecho.
Carim pidió ver al rey antes de ser asesinado.
Las puertas del castillo se abrieron y el rey le
recibió:
-
Majestad vengo a traeros un mensaje.
-
Hablad antes de que la batalla
comience.
-
No os preocupéis señor mi rey no
sacará a sus ejércitos hasta que yo no vuelva
con su respuesta.
-
Entonces no esperéis más y hablad.
Tengo que conquistar el río.
-
Señor el rey Abdul quiere veros a
la mañana siguiente de que yo llegue a palacio.
La reunión, si aceptáis, será al amanecer en la
orilla del río.
-
Vuestro rey quiere rendirse – dijo
satisfecho – Decidle que acepto.
Carim
galopó durante todo el día. Su caballo había
sido bien tratado en las caballerizas del rey
Mohab. Había comido y bebido y estaba dispuesto
para galopar hasta el fin de los tiempos. Cuando
llegó, el rey Abdul le recibió como a un héroe
por su valor y le dio de comer hasta que se tuvo
que tumbar para reposar el banquete.
Al
día siguiente, mientras el sol aparecía por el
horizonte, dos delegaciones se acercaban al río.
Cada uno de los reyes llevaba a dos caballeros que
le escoltaban. Carim era uno de ellos. Su caballo
estaba encantado de volver al galope. Antes de que
el sol terminase de salir ambos regentes estaban
en la orilla del río. Para oírse tenía que
gritar porque el agua rugía. El rey Abdul se
adelantó y dijo:
-
Hermano, ya han muerto muchos
hombres. Esta guerra debe terminar.
-
Eso significa que os rendís - dijo
el rey Mohab sonriendo a sus hombres.
-
No quiero rendirme. Quiero que
negociemos la manera de quedarnos satisfechos.
-
Jamás negociaré.
-
Hermano, escuchad. Podemos partir el
río y que cada uno se beneficie de su lado sin
molestar al otro.
-
Y si a uno de mis súbditos se le
cae una prenda de ropa y la arrastra hasta vuestra
parte ¿la perderá?
-
Lo que esté en mi terreno será mío
- contestó el rey Abdul.
Así
estuvieron discutiendo durante mucho rato sin
llegar a ningún acuerdo. Los dos querían el río,
los dos quería que las caravanas pasasen por su
orilla, los dos eran ambiciosos y no querían
ceder.
El
caballo de Carim estaba cansado de estar al sol
sin moverse así que obligó a su dueño a que le
llevase a pastar a un lado donde hubiera sombra.
Carim miró a su alrededor y vio que el único
lugar donde había pasto fresco y sombra era junto
al rey Mohab y el río se interponía en el
camino. El valiente caballo no quería perderse la
hierba de la que disfrutaban sus compañeros. Él
no entendía de reinos ni de dominios. Sólo sabía
que en aquel momento tenía hambre y quería
descansar bajo la sombra de la palmera. Entonces
para la sorpresa de todos, el caballo comenzó a
galopar con todas sus fuerzas y cuando llegó a la
orilla se impulsó y se elevó por encima del río.
Logró cruzar al otro lado y pastar. Ambos reyes
se miraron y fue entonces cuando encontraron la
solución. Los carros no podían saltar pero sí
podían cruzar puentes. Entre los dos reinos
construirían un puente que les uniese. Aquel día
fue glorioso. En pocas semanas el puente estuvo
terminado y ambos reyes unieron sus manos en el
centro y sellaron la paz definitiva. Hubo grandes
fiestas y en honor del valeroso caballo le
pusieron nombre a la construcción. Desde aquel día
ambos reinos fueron prósperos porque cruzaron el
puente de Alifaz.
Nuria B.
Martínez
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