Estas dos palabras o conceptos mantienen cierta relación, pero no son lo mismo, e incluso pueden ser antagónicas. La esperanza lleva consigo cierta carga mística, de mirar hacia un ente superior y esperar la solución, implica cierta pasividad, un anhelo, una ilusión, tiene cierto contenido subjetivo que puede estar totalmente en contradicción con la realidad.
La esperanza en ocasiones se vincula con el contrario del optimismo, es decir puede existir una esperanza pesimista. Esto ocurre cuando esa esperanza está relacionada con un hecho o fenómeno negativo, y es que, aunque parezca mentira, los hay que se sienten cómodos en la negatividad.
El optimismo está más cercano a la praxis, es más terrenal, no tiene que manifestar ninguna dependencia a un ser supremo, incluso puede tener expresiones estadísticas, tiende a la euforia, a la alegría y al buen humor.
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En este sentido, el anuncio del regreso de la competición territorial a partir del próximo fin de semana a la Comunidad de Madrid, es un claro ejemplo de optimismo y ánimo. Es el inicio del fin de la pesadilla, del retorno a las pistas, a los proyectos deportivos y del regreso de tantos al empleo.
Eso sí, hay que ser optimistas pero además realistas. Debemos asumir un compromiso con la responsabilidad y la prudencia, tomar conciencia de la importancia que tiene cumplir las recomendaciones y los protocolos marcados, poniendo en valor aquella frase manida de “no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”.
El formato “burbuja” planteado por la federación madrileña es perfectamente trasladable a otras Comunidades Autónomas donde las autoridades confirmen una baja incidencia, y así poco a poco volver a la “nueva normalidad” y escuchar de nuevo los aplausos, la campana y nuestro nombre por la megafonía.