Hay nombres que forman parte del paisaje de la doma clásica española. Figuras discretas, siempre al pie de la pista, que han visto pasar generaciones enteras de caballos y jinetes. Francisco Guerra es, sin duda, uno de ellos.
Paco Guerra, como todos le conocemos, ha decidido poner punto final a su trayectoria como juez en activo tras 53 años ininterrumpidos. Una vida entera dedicada a observar, valorar y, en cierto modo, acompañar la evolución de la doma clásica desde la caseta de jueces.
Hemos hablado con él. Y lo cierto es que, más allá del currículum —Juez Nacional desde 1976, Juez Internacional FEI 5* desde 2017— lo que queda es una manera de entender este deporte. Cercana. Honesta. Muy suya.
“Para mí la doma clásica ha sido un hobby toda la vida con el que he disfrutado muchísimo”, nos cuenta, con esa naturalidad que siempre le ha caracterizado. “Me ha ayudado a hacer amigos, a conocer gente, a viajar por todo el mundo… y a descubrir sitios a los que de otra forma no habría llegado”.
En sus palabras no hay grandilocuencia. Hay memoria y mucha pista.
Porque 53 años dan para mucho. Para ver cambiar caballos, estilos, criterios y también generaciones: “Ha habido momentos buenísimos. He disfrutado mucho viendo caballos nuevos, jinetes nuevos y cómo evolucionaban. Y también la propia doma en España”, recuerda. “Fíjate si han pasado años que en los últimos concursos he llegado a juzgar a nietos de jinetes a los que valoré en su día”, comenta entre risas.
Ese es, quizá, uno de los mayores privilegios —y también responsabilidades— de un juez, ser testigo directo del crecimiento de un deporte. Y Paco Guerra lo ha sido en primera fila: “Me quedo con la evolución que ha tenido la disciplina en España”, nos dice. “Espero que los jueces hayamos aportado nuestro granito de arena para que eso haya sido posible”.
Su carrera tuvo un momento especialmente simbólico cuando alcanzó el máximo nivel internacional. Convertirse en juez cinco estrellas no es solo un reconocimiento técnico, es también una confirmación de trayectoria: “Fue un éxito muy importante para mí. No olvidaré nunca el día en que la FEI me comunicó que me nombraban. Ser el primero —y de momento único— en conseguirlo fue algo muy especial”.
Pero no todo ha sido fácil en este último tramo. El deporte, como la vida, también deja momentos agridulces.
“Al acercarnos a 2024 tenía la posibilidad de haber acudido a unos Juegos Olímpicos. Todo se quedó en el aire por culpa de un accidente”, explica. “Y, en parte, esa situación ha influido en la decisión de dejarlo”.
La realidad física ha terminado pesando. Y Paco, fiel a su forma de entender la profesión, lo tiene claro, un juez debe estar al cien por cien: “El físico ya no me sigue como debería. Y con los años empiezan a surgir cosas… llega un momento en el que uno siente que no está en condiciones de ser todo lo justo y honesto que exige este papel”.
A eso se suma algo que pocas veces se cuenta, la logística que rodea a un juez en competición. “En mi estado actual, los comités organizadores tienen que estar pendientes de muchas cosas: ayudarme a subir y bajar, desplazarme y eso lo complica todo. No es justo tampoco para ellos”.
La decisión, por tanto, no ha sido impulsiva. Ha sido meditada. Serenamente asumida: “Creo que después de 53 años y habiendo visto tanto, es el momento de dejar paso a los que vienen detrás. Hay muchos y muy buenos”.
Y ahí aparece, de nuevo, el Paco que todos conocemos. El que mira más allá de sí mismo: “Espero que todos mis sucesores lo cojan con la misma pasión con la que lo he hecho yo. Entre todos tenemos que seguir haciendo la doma más grande”.
Se va un juez. Pero queda una referencia. Porque más allá de notas, medias y protocolos, hay trayectorias que ayudan a construir un deporte. Y la de Paco Guerra es, sin duda, una de ellas.

