El caballo no necesita palabras para saber cómo te sientes | Opinión

Hay días en los que uno llega a la cuadra intentando aparentar que todo está normal. Días en los que el cansancio pesa más de la cuenta, la cabeza está en otro sitio o simplemente algo no va bien. Sin embargo, antes incluso de poner la cabezada o ajustar la cincha, el caballo ya parece haberlo entendido todo.

Quien convive con caballos lo ha vivido alguna vez. Ese animal que normalmente está inquieto y, de repente, se muestra especialmente tranquilo. O al contrario. Ese caballo que parece notar los nervios incluso antes de entrar en pista. Esa sensación difícil de explicar de que perciben mucho más de lo que muestran.

Porque los caballos observan constantemente. Lo hacen con nuestra postura, con la tensión de las manos, con la respiración, con la energía que transmitimos al acercarnos al box o al coger las riendas. Y aunque no hablen, muchas veces reaccionan de una manera que termina sorprendiendo incluso a los jinetes más experimentados.

Hay caballos que se vuelven más pacientes en los días difíciles. Otros buscan más contacto. Algunos parecen reflejar exactamente el estado emocional de quien los monta. Y cualquiera que pase suficientes horas en una cuadra sabe que no hace falta decir una sola palabra para que un caballo note cuándo algo no marcha bien.

Quizá por eso el caballo obliga al jinete a ser honesto de una forma que pocos deportes consiguen. Delante de ellos es complicado fingir. Si hay miedo, aparece. Si hay tensión, se transmite. Si uno está distraído o emocionalmente agotado, el caballo suele reaccionar mucho antes de que lo hagamos nosotros mismos.

Y tal vez ahí reside una de las razones por las que tanta gente encuentra refugio cerca de ellos. Porque el caballo no juzga, no pregunta y no necesita explicaciones. Simplemente percibe.

En una época donde casi todo el mundo intenta aparentar continuamente que está bien, los caballos siguen teniendo esa extraña capacidad de leer aquello que intentamos esconder.

Por eso muchos jinetes sienten que sus mejores conversaciones nunca han necesitado palabras. Han ocurrido en silencio, dentro de una cuadra, mientras un caballo apoyaba suavemente la cabeza o esperaba tranquilo al otro lado de la puerta del box.

Quizá sea precisamente eso lo que hace tan especial la relación con ellos. Que incluso en los días en los que nadie parece darse cuenta de que algo no va bien, el caballo casi siempre lo sabe.