Después de seguir durante tres jornadas el Trofeo Princesa de Asturias 2026 en el Real Club de Campo Villa de Madrid, hay una conclusión que va mucho más lejos de los resultados y de los nombres que ocuparon los primeros puestos de las clasificaciones: la cantera del salto español tiene motivos para mirar al futuro con optimismo.
Desde los más pequeños, en la categoría Alevín, hasta los Jóvenes Jinetes, hemos visto a niños y adolescentes afrontar cada recorrido con una concentración, una determinación y una competitividad que, en muchos momentos, poco tienen que envidiar a las de los profesionales. Cada salida a pista era un nuevo reto. Cada obstáculo, una responsabilidad. Todos querían hacerlo bien, todos querían ganar.
Pero lo verdaderamente interesante sucedía cuando terminaba la competición.
Aquella rivalidad que durante unos minutos parecía absoluta desaparecía al abandonar la pista. Los mismos chavales que poco antes habían luchado por cada segundo y cada punto compartían después juegos, conversaciones y momentos de amistad por las instalaciones del Club de Campo. En las entregas de premios, las felicitaciones entre compañeros y rivales eran una imagen habitual. Competían para ganar, pero sabían reconocer el mérito de los demás.
Y eso también forma parte de la formación de un deportista.
Detrás de cada uno de esos jóvenes binomios hay, además, un entorno familiar que pocas veces recibe el protagonismo que merece. Padres y familiares que madrugan, acompañan a sus hijos desde los primeros entrenamientos y permanecen pendientes de cada detalle durante toda la jornada. Desde la grada siguen los recorridos con una mezcla de nervios, miedo, orgullo y emoción difícil de explicar. A veces, incluso, con lágrimas en los ojos.
Porque cada recorrido tiene mucho más detrás que los minutos que dura en la pista. Hay horas de trabajo, desplazamientos, sacrificios y una implicación familiar que resulta imprescindible para que estos jóvenes puedan desarrollar su afición y su carrera deportiva.
Y, junto a ellos, los entrenadores. Quizá una de las imágenes más significativas de todo el fin de semana haya sido comprobar hasta qué punto están implicados en la formación de sus alumnos. Algunos acompañando a numerosos jinetes y amazonas, pendientes de cada recorrido, celebrando sus buenos resultados y, sobre todo, sabiendo estar cuando las cosas no salían como se esperaba.
Porque ahí es donde realmente se demuestra la calidad de un formador. Cuando una barra cae, cuando un recorrido no sale bien o cuando el resultado está lejos de las expectativas, no siempre aparecen los reproches. Durante estos días hemos visto entrenadores animando a sus alumnos, transmitiéndoles confianza y recordándoles que habrá otra oportunidad, que el trabajo continúa y que de los errores también se aprende.
Por eso resulta difícil compartir algunas de las afirmaciones que, en ocasiones, se escuchan sobre la supuesta falta de preparación de los entrenadores españoles o el bajo nivel de nuestros jóvenes jinetes. Después de lo vivido en el Trofeo Princesa de Asturias, nuestra impresión es muy distinta.
Naturalmente, siempre hay aspectos que mejorar y ningún sistema de formación es perfecto. Pero sería injusto no reconocer el trabajo que se está haciendo desde las cuadras, los clubes y las pistas de entrenamiento. Formar a un joven jinete no consiste únicamente en enseñarle a superar recorridos cada vez más exigentes. También significa transmitirle valores, ayudarle a gestionar la presión, enseñarle a respetar al caballo y al rival y acompañarle en un proceso de aprendizaje que requiere tiempo y paciencia.
El Trofeo Princesa de Asturias nos ha permitido contemplar todo eso de cerca. Hemos visto competitividad, ilusión, compañerismo, compromiso familiar y entrenadores volcados en sus alumnos. Hemos visto a jóvenes que quieren ganar, pero que también saben felicitar al compañero. Y hemos visto a adultos que entienden que su labor no termina cuando su alumno cruza la línea de meta.
Los trofeos y las medallas tendrán sus nombres y sus fotografías. Es justo reconocer a quienes han conseguido los mejores resultados. Pero el verdadero éxito de una competición de menores también debe medirse por todo lo que sucede alrededor de esos podios.
Porque los campeones de hoy pueden ser los referentes de mañana, pero todos esos niños y jóvenes que han pasado por la pista durante este fin de semana forman parte del futuro del salto español.
Y, después de lo que hemos visto en Madrid, hay motivos para creer en él.

