Para los más pequeños de la casa y celebrarando el Día Internacional del Libro, publicamos otro cuento infantil creado por OcioCaballo, siempre con el caballo como protagonista.
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Érase una vez que se era, un lugar donde los caballos galopaban en libertad y las ardillas recorrían miles de kilómetros si tocar el suelo. Grandes llanuras y espesos bosques protegían a los animales y les hacían vivir en libertad. Sólo unas cuantas tribus de indios convivían con ellos. Dentro de uno de aquellos poblados de tiendas construidas con piles curtidas, vivía una familia con dos hijos y una niña. La pequeña se había convertido en mujer. Tenía los ojos negros y profundos y la piel curtida por el sol. Una trenza, que llegaba hasta su cintura, cubría toda su espalda.
Cada día se acercaba a su madre y le susurraba al oído que quería ser un valeroso guerrero y la mujer con mirada triste le respondía que aquello no era posible. Alúa practicaba cada noche si ser vista con el arco de su padre y durante el día se adentraba en los bosques con el cuchillo de su madre y cazaba algún animal pequeño. Alúa siempre repetía que algún día sería un gran guerrero.
Mientras la niña seguía soñando un caballo negro apareció en una de las llanuras y todos los habitantes del poblado se sorprendieron. Aquellos animales bellos no eran propios de la región, donde los caballos salvajes eran tordos. El nuevo habitante galopaba sin cesar y piafaba hasta quedarse exhausto. El jefe de la tribu mandó a cuatro de sus mejores hombres para trajeran el caballo hasta él. Cuando aquellos valientes se aproximaban al animal, éste les miró y escapó al trote hacia el bosque. Los hombres le buscaron pero no pudieron volver a verle. El jefe desolado en la reunión nocturna dijo:
-Aquel que consiga capturar al caballo será su dueño y el jefe de la tribu. Por esta hazaña será considerado por todos el hombre más valiente que jamás haya visto el universo. Aquel que capture al caballo será elegido por él y se respetarán durante toda la inmortalidad.
Alúa que estaba escuchando al otro lado de la tienda miró hacia la llanura y vio al caballo negro en el mismo lugar. Aquel era el momento. La única posibilidad que tenía de demostrar que una mujer puede ser un gran guerrero. No podía dejar escapar aquel momento. Salió corriendo hacía la noche. El caballo no dejaba de piafar. Alúa sentía miedo. Su corazón se salía por la boca pero no podía echarse atrás. Los hombres salieron de la tienda del jefe y vieron como Alúa se acercaba al caballo. Su padre la llamaba. Gritaba su nombre hasta hacerlo retumbar en las montañas. Pero Alúa no se detenía. Antes de estar a menos de un metro del caballo se detuvo y miró hacia atrás. El caballo estaba quieto. Tenía las orejas hacia atrás y miraba a la chica. Alúa continuó avanzando. Al llegar a la altura del animal agachó la cabeza como señal de respeto y se quedó esperando. El caballo también se inclinó y Alúa pudo acariciarle la crin que era sedosa. Entonces se montó a lomos del equino y agarrada a su cuello galopó y desde aquel momento la llamaron “Caballo Salvaje”.