El mundo está lleno de originales y de malas imitaciones | Opinión

Esto no es nada nuevo. Lleva pasando toda la vida. Alguien destaca y casi de inmediato, aparecen quienes intentan reproducir su forma de hacer las cosas. Alguien tiene una idea brillante y sin apenas tiempo para desarrollarla, ya hay otros replicándola. Ocurre en la música, en el cine, en las redes sociales y en cualquier ámbito que se nos ocurra. Y, por supuesto, en la hípica, que es lo que aquí nos ocupa, no iba a ser diferente.

En el mundo del caballo sucede con más frecuencia de la que nos gusta reconocer. Basta con que una amazona empiece a montar de una determinada manera, a entrenar con un enfoque distinto o a presentar a sus caballos con un sello personal que funcione, para que rápidamente aparezcan copias.

No siempre se imita el fondo, casi nunca se entiende el porqué de las cosas, pero sí se reproduce la forma externa, el gesto, la imagen o el discurso. Como si eso fuera suficiente.

La diferencia principal entre un producto original y una mala imitación radica en la autenticidad, la calidad y la propiedad intelectual. El original nace de un proceso largo, de una idea trabajada, de una experiencia real. La imitación, en cambio, suele quedarse en la superficie, en aquello que se ve, pero no en lo que se sostiene. Y ahí es donde aparece esa sensación tan actual y tan reconocible de “lo que pides y lo que en realidad te llega”.

Pasa también con proyectos, con medios de comunicación y con iniciativas que logran diferenciarse. Cuando una revista encuentra su voz, su estilo y su manera de contar la hípica, no tarda en surgir quien quiera parecerse demasiado. Mismo tono, mismas secciones, misma estética, misma forma de comunicar. A veces incluso el mismo mensaje, pero sin alma. Desde fuera puede parecer lo mismo, pero no lo es. Y quien conoce el sector lo percibe de inmediato.

Muchos piensan que ser imitado es halagador. Y en parte lo es. Que se fijen en ti significa que algo estás haciendo bien, que tu trabajo destaca, que has logrado una identidad reconocible. Durante un primer momento incluso puede generar cierta satisfacción. Pero esa sensación dura poco.

Porque cuando te copian, lo que realmente ocurre es que intentan diluir lo que te hace único. Y eso, lejos de agradar, incomoda. No por miedo a la competencia, sino porque detrás de cada proyecto, de cada método de entrenamiento, de cada manera de montar o de comunicar, hay horas de reflexión, de errores, de aprendizaje y de experiencia. Hay una trayectoria que no se puede replicar simplemente observando desde fuera.

En la hípica, además, la imitación mal entendida puede ser especialmente peligrosa. Copiar sin comprender conduce a entrenamientos sin criterio, a decisiones técnicas equivocadas y a la pérdida de identidad tanto del jinete como del caballo. No todos los métodos sirven para todos, ni todos los caminos llevan al mismo sitio, por mucho que aparentemente funcionen en otros.

El original no lo es por casualidad. Lo es porque ha encontrado su sitio, porque ha arriesgado, porque se ha equivocado y porque ha sabido construir algo propio. La mala imitación, en cambio, nace de la prisa, de la falta de ideas o del miedo a no destacar por sí misma.

Tal vez el verdadero valor, también en la hípica, esté en atreverse a ser uno mismo. En inspirarse, sí, pero no en copiar. En aprender de los mejores, pero sin renunciar a la personalidad propia. Porque al final, el mundo siempre necesitará originales. De malas imitaciones, por desgracia, ya está lleno y lejos de opacar a las buenas iniciativas, solo consiguen perderse una nebulosa de burdas reproducciones, que no conducen a ninguna parte.